Una nueva obsesión por The Cure

La banda británica, el icono máximo del pop-rock oscuro por antonomasia, anuncia nuevo disco.  Aunque tenga curiosidad, es lo de menos. Hace poco mi buen amigo Javier Castellanos me recomendaba la lectura de Cured (MalPaso Ediciones), la biografía del grupo contada por uno de sus hacedores,  Laurence “Lol” Tolhurst.

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Junto a Robert Smith dio forma a una manera de sentir la música que trascendió su localidad natal, Crawley (Inglaterra), para enamorar a millones de fans en todo el mundo. Almas vestidas de negro y gris. El sueño de dos—luego tres—chicos imaginarios que hicieron del ruido una vía de escape salvadora (sanadora) para huir de una ciudad tan gris como la niebla. El tedio de los primeros álbumes de The Cure se entiende mejor leyendo las vicisitudes vitales de sus componentes.

No eran unos amargados de pose, sólo se expresaban lo mejor que podían y esa forma de declamar se convirtió en el mayor culto hacia un grupo de música, yo diría que de toda la historia de la misma. El joven Lol era, como su amigo Robert, un chico de provincias con inquietudes, con ganas de comerse el mundo, sin más parafernalia. En su caso se lo comió y lo regurgitó. Amigos de la infancia que se aman, por encima de cualquier vicisitud. Y es que es de eso de lo que habla Cured: de amistad, de experiencias, de subida al cielo y bajada a los infiernos. De amor por la música y sus consecuencias, buenas y malas. El alcoholismo y su dramática forma de estropear lo que toca. La soledad de la autodestrucción. El olvido y el reencuentro.

Sin Tolhurst no se entendería la historia de esta banda. Un conjunto, siniestro en sus formas pero no tanto en el fondo, que tardó casi una década en triunfar a lo grande. Lo masivo llegó con la publicación de ‘The head on the door‘ en 1986, seis discos después del debut en 1979 con ‘Three Imaginary Boys‘. No cejaron en el empeño de seguir el camino que les dictaba el corazón. La oscuridad fue la seña de identidad y la han mantenido siempre, incluso en canciones más luminosas o experimentos electrónicos como ‘The Walk’ o jazzísticos como The Lovecats’.

Sea como fuere la lectura de estas memorias han suscitado una nueva obsesión en este que escribe. Mientras devoraba el libro escuchaba los discos por orden cronológico y, sinceramente, los he entendido mucho mejor, es más, creo que antes no tenía ni puta idea del concepto The Cure. Todos los álbumes están pasando otra vez por mi cabeza, con mucho más ahínco que en el 84 cuando les descubrí. Quizás sea el momento de que alguien cuente la historia de Depeche Mode, un Alan Wilder, por ejemplo, con el fin de redescubrir joyas como esta:

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