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Canciones que me hacen llorar: ‘Bailando con el viento’ de Pachi García Alis

Así, desde la primera escucha. ‘Bailo solo porque solo es como vine a este lugar…’ Coraza, protección modo ON. ‘Bailo con mi soledad, que no me va a pisar…’ Colisión. Mienten, todos mienten. Un medio tiempo precioso no, lo siguiente. Qué difícil es vivir rodeados de mierda, de dolor en todas partes. Más vale solo que mal acompañado. ¿Qué coño le pasa al mundo, a la gente? ¿Qué nos lleva a ser tan fríos y calculadores? Cada vez más. Podría ser este el anti-villancico de esta Navidad. Lírica perfecta para reflexionar mucho, para abrazar al que tienes al lado, buscar el encuentro, bailar con el viento, pero juntos. El hartazgo parece ser ley y nada me pone más triste. Yo también estoy harto de esperar…

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Acaba de nacer otro clásico del pop español.

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Canciones que me hacen llorar: ‘Our Mutual Friend’ de The Divine Comedy

Una desgarradora historia de desamor. De tormentas y tormentos que surgen de la casualidad, que crecen, que se viven hasta el final y que, luego, desaparecen. El amor al que le canta este crooner divino cuya voz tiene todos los registros, habidos y por haber, para enamorar. The Divine Comedy es ese grupo irlandés que huele a indie—sí—pero diferente. Ese olor es una mezcla de madera y viento del norte; metales y cuerdas.  Neil Hannon es el hombre que lo hace todo en este proyecto y el que nos rompe con este temazo de 2004. ‘Our Mutual Friend’ (Nuestro amigo común) es una oda al amor que se apaga por el paso del tiempo, al sentimiento maduro de la desidia de la pareja y sus consecuencias. Una narración orquestada del inicio de una relación, su desarrollo y final, en brazos de otro. La instrumentación de la parte final es de las que hacen que vueles, que bailes, que llores sin consuelo cuando entiendes lo que tienes entre oreja y oreja.

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Zahara: flotando entre Mecano y las melodías de ABBA

La expectación es brutal. Atendiendo a los tres adelantos (Hoy la bestia cena en casa, Multiverso y Guerra y Paz) puedo asegurar que este es el disco que más ganas tengo de escuchar en este 2018. ‘Astronauta’ será una realidad este próximo viernes, yo ya compré el vinilo firmado y estoy a la espera de que me llegue. Pero este viernes estoy convencido  de que me beberé, de un trago, este nuevo trabajo de la ubetense galáctica. ‘Guerra y Paz’ es el nuevo single, incluso se prevé videoclip para el que, la artista, ha pedido a sus fans vídeos protagonizados por ellos/as mismos/as. Dulce pájaro de juventud que pretende ser un collage/homenaje a los miles y miles de astronautas que flotan alrededor del universo Zahara. Imagino, claro.

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Sea como fuere, la canción, en la que colabora Santi Balmes, es una delicia de principio a fin. El deje Mecano es evidente en casi toda su discografía—y no por el timbre de su voz—Hay muchos matices que recuerdan al trío madrileño— en lo musical porque a nivel de lírica aquí la de los Cerros de Úbeda gana por goleada a la mayoría de letras de los Cano—Zahara es una poetisa salvaje. También colea muy mucho—en esos puentes instrumentales—el fantasma de Abba, o de Arcade Fire del Everything Now. 

En definitiva, en nada podremos incluir esta canción en la sección: ‘Canciones que me hacen llorar’ porque es una de las más bonitas que he escuchado este año.

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‘Teatro Infinito’ de Second

Reconozco que no le presté la atención que se merece esta canción. Me ha costado tiempo escribir sobre ella, que no trabajo. La primera vez me dejó frío. La escuché en Radio 3, cuando Virginia Díaz la estrenaba, y no hubo flechazo inmediato como me había pasado con otras obras de los murcianos. Es más, no le di más oportunidades hasta hace tres días. En la soledad de mi cuarto, a oscuras, con una lista de Spotify en vena donde la había incluido y—primordial—, con los cascos. No he podido parar. Como esos enamoramientos que se cuecen lentos, sin pretensiones iniciales. Una canción que se incrusta como la cal en la pared. Resulta que Frutos canta, aquí, como Dios. Resulta que no me había percatado de la sutileza de los teclados, de la melodía de cadencia casi hipnótica, lenta y oscura; dulce y hacedora de lágrimas. Y ese punteo de guitarra de caos magnífico. El estribillo: ‘Y le haremos el amor al infinito…’ se queda para siempre en mí mismo y en la carrera, amplia y trabajada, de esta banda que brilla por su honradez, su directo y el cuidado para con su público. ‘Teatro Infinito’ es una pieza clave para ellos. Otra más…

El próximo viernes conoceremos el resto de esta nueva aventura, ‘Anillos y Raíces’.

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Canciones que me hacen llorar: ‘Chasing Cars’ de Snow Patrol

Nos pasamos la vida persiguiendo una quimera. Casi siempre nos quedamos en el camino. Quizás sea esa la fórmula de la verdadera felicidad, disfrutar de lo andando mientras se camina, pararse a contemplar, fijar la vista en algo, sin mirar a nada. No esperar nada…’Persiguiendo coches’ que no conducen a ningún sitio. ‘Chasing Cars’ fue el single que catapultó a la fama a este grupo de rock alternativo. Gracias a la providencia de aparecer en una serie de tanto éxito como ‘Anatomía de Grey’. Número uno en USA y muy cerca de la posición más alta en el Reino Unido, la canción es una catedral de emociones. Desde el punteo de guitarra inicial a la explosión épica del último tercio. De esas canciones que te pones, a todo volumen, cuando estas triste o cuando estás alegre porque vale para ambos estados de ánimo. A mí me daba por llorar, en su momento, porque no entendía la letra. La lírica la adaptaba yo a mis desvelos.

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Canciones que me hacen llorar: ‘Fast Car’ de Tracy Chapman

¿Quien no ha soñado con coger un coche rápido, lo más raído y potente posible, y huir del mundo? Todos, en mayor o menor medida. ¿Quien conduce? ¿Quien es el copiloto? La cadencia de esta enorme canción, la melancolía de la acústica y esa voz de arena soplada fueron clave para los que quisimos huir en algún momento. ‘Fast Car’ de Tracy Chapman vino a revolucionar el panorama musical de 1988, cuando los muertos vivientes de La Movida aún sacaban pecho (sic), cuando el Acid Jazz comenzaba a dar sus primeros pasos así como los adelantados de la música indie o el Britpop. Finales de los 80, principio de los 90: un cambio de década que, musicalmente, se perdía buscando, precisamente, un nuevo camino.

Tracy Chapman es una cantautora rotunda. “Desnuda y vertical, pero ceñida a la línea de la tierra”, como declamaba el alumno de Machado, Dionisio Ridruejo. Este fue uno de sus dos grandes éxitos, ambos incluidos en ese primer álbum multiplatino y premiado hasta la saciedad.

Este fue el otro…

Una metáfora sobre la vida que anhelamos y que cuando conseguimos no nos llega a hacer felices del todo.

“Tienes un coche rápido,
yo quiero un billete a cualquier lugar,
quizás podamos hacer un trato,
quizás juntos podamos llegar a alguna parte,
cualquier lugar es mejor,
comenzando desde cero, no teniendo nada que perder,
quizás consigamos algo,
yo misma, no tengo nada que probar”.

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Canciones que me hacen llorar: ‘No surprises’ de Radiohead

Con un corazón que está tan lleno como un vertedero. Así de contundente arrancaba esta obra maestra del rock alternativo. ‘No surprises’ era, musicalmente hablando, la parte más amable del álbum ‘Ok Computer’ de Radiohead. Musicalmente hablando. La parte lírica era/es tan angustiosa como el videoclip que acompaña la pieza. Thom Yorke acaba de entrar en la cincuentena, así que somos de la misma quinta. Pues me parece muy bien y aunque intente buscar paralelismos entre ambos seres (él y yo) creo que pocos voy a encontrar lejos de una melancolía crónica marcada, en muchos casos, por sus canciones.

Es el caso. ‘No surprises’ es una canción hastío, casi protesta. Yo la entendí como un canto al hartazgo de la gente que no es escuchada por los que, se supone, deben velar por nosotros y nuestros intereses. La vejez, el cansancio y querer llevar una vida tranquila, sin sorpresas.

No he vuelto a sentir nada parecido con el resto de su extensa discografía, a excepción de ‘Let Down’ pero en otro sentido totalmente opuesto. A pesar de ser un tema dedicado a la decepción aquí Yorke quería tener unas alas para poder volar y escapar del mundo. Ahí coincidíamos…

Y si de rizar el rizo se trata…

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Canciones que me hacen llorar: “Miel en la nevera” de Tino Casal

“Hago sombras chinas con las manos…” Si hay una canción que mejor refleje la soledad del que vuelve a casa, hasta las trancas, para refugiarse en el vacío más absoluto de un corazón hecho trizas, por la ausencia de la amada, esa es la que nos ocupa hoy. “Miel en la nevera” cerraba el álbum “Hielo Rojo” (1984) del asturiano más universal. Cara B (error) del single “Teatro de la oscuridad”. Podríamos decir que es una balada al uso, incluso perfecta para cantantes melódicos de la época como Miguel Gallardo o Juan Pardo. Pero en el imaginario de Casal la cosa cambia radicalmente. Los arreglos, siempre un paso por delante de los del resto de discos de aquellos años, la atmósfera que Tino creaba con su voz; saliva ardiendo como lava de volcán en cada estrofa. Un “sin amor, prefiero estar sin un amor” que se clavaba justo en la parte más baja de la garganta. La canción es un himno a la soledad, como decíamos arriba. Angustiosa. Neón que parpadea mientras buscas en la nevera algo con lo que paliar la ansiedad, el hambre de una noche de excesos químicos y sensoriales. Él nunca estuvo solo, al menos físicamente, sin embargo pudo haber tormentas internas, como las que todos tenemos alguna vez, que él pudo exorcizar vía canciones como esta. Otros no tenemos esa suerte…

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Canciones que me hacen llorar: “Drive” de REM

La primera vez que escuché esta canción me quedé muy frío. Congelado. Tras el enorme éxito de ´Losing my Religión´; tras ese himno de rock—casi religioso—con tan desgarrada letra y arreglos de cielo, nadie podía imaginar que una canción tan dificil, estructuralmente hablando, se iba a convertir en la carta de presentación de su siguiente disco. Pues sí. ‘Drive’ nos hizo atravesar la carretera de ‘Automatic for the People’, a la postre su álbum más aclamado.

Conducir, manejar la propia vida. Subirte o bajarte en cualquier estación, en cualquier calle. Atreverse a vivir. Así entendí la letra de esta canción tan gris, tan cenicienta, tan América profunda. Resulta que a base de escuchas fui profundizando en la canción hasta tal punto que se ha convertido en mi favorita de toda la carrera de la banda. Será por esas cuerdas, será por el videoclip, será por la voz de Stipe que aquí se mete el otoño entero en la garganta.  Preciosa pieza para una estación recién iniciada, aunque no lo parezca.

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Canciones que me hacen llorar: “La Cena” de Esclarecidos

La melancolía perfecta mientras se prepara una cena entre amigos. Yo te quiero, pero tú no lo sabes. Secretos de estado emocional que se descubren sin demasiado zarandeo. Un amor que pasa, que se pierde entre cobardías varias, quizás. La voz de la Lliso es una de las más bonitas del mundo. Canta como hija de un dios menor, porque no tiene la potencia vocal de las grandes divas, gracias al cielo. Ella canta casi con angustia y tanto es así que parece que las palabras se le caen de los labios, doloridas. Y se estrellan contra el suelo. Esclarecidos fue (y será) una de esas bandas de culto que rebosan elegancia musical y una lírica al alcance de pocos. Es pura poesía y sus discos se cuentan por obras maestras. Pop, rock, folk, jazz…Esclarecidos. “La cena” pertenece a uno de sus elepés más completos, “Rojos” (GASA, 1991), ese que nos invitaba a arroparnos en el parador, en invierno, ese de la noche de hiedra y un tren azul cargado de emocionales personajes.

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Canciones que me hacen llorar: “Cena recalentada” de Golpes Bajos

Hoy en Canciones que me hacen llorar, una de adolescentes rebeldes, incomprendidos, sufridores de las cadenas paterno-materno-filiales que a los 15 años abrasan el cuello. Una de esas canciones que marcaban a toda una generación de jeans de la marca Lois con rodilleras, chupas vaqueras, con los cuellos vueltos hacia arriba, tabaco que se compraba “suelto”: por cigarros y no por paquetes, parques que eran bunkers para el amor joven y clandestino…”Para ti” de Paraíso, “Me voy de casa” de Mecano o esta “Cena Recalentada”, de unos vigueses en estado de gracia, podrían conformar la Santa Trinidad de la canción protesta juvenil de los primeros 80. Un single, que no fue, de su álbum “A Santa Compaña” de 1984. Más tarde sí que se le daría esa posibilidad como sencillo de aquel intento de retomar la magia en 1990 con el fallido elepé, “Vivo”.

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Parece que ahora también se recuperan, en la voz de Iván Ferreiro, parte de los éxitos del grupo de Germán Coppini. El 21 de septiembre ya se avanza la publicación de un álbum dedicado a Golpes Bajos bajo el título de esta canción que nos ocupa. Muy fino tiene que hilar su paisano si quiere acercarse, mínimamente, al clímax de la voz de Germán. Eso es algo imposible de conseguir. La voz de Coppini es una de las más características y personales de la historia de nuestra música. No solo las dotes vocales: la actitud, la presencia, el halo triste y desgarrado de su imagen, esa bellísima forma de interpretar las mejores letras del pop cantado en español…Acercarse ahí es harto complicado.

La canción me pilló en pleno descubrimiento. Aún estaba intentando saber el porqué de mi melancólica existencia granulosa y espigada. ¿Por qué estaba triste siempre? Más tarde lo averigüe y sonriendo, hoy, me caliento la cena fría feliz de haber sido testigo, en primera persona, de la publicación de estas maravillas.

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Madonna cumple 60 años. Una canción suya me hizo llorar, sí.

Nunca he sido un incondicional de Madonna. Reconozco todo el mérito que tiene y que su nombre es lo más grande que ha dado la historia del pop. Que es y será una reina para siempre y que nadie le moja la oreja en la actualidad. Es sinónimo de moderno,  transgresión, de la inteligencia emocional y artística, es la calculadora: elegante, y a veces torpe. Es la artista de Michigan cuya carrera todas envidian. Sus decenas de aciertos: Vogue, Like a Prayer, Music, Like a Virgin, Borderline, Justify my love, Rain, Erótica, Frozen o esta “Oh Father” que nos ocupa podrían conformar  mi perfecto top 10 dentro del universo Madonna. Del resto de su discografía me quedó con poco, de hecho solo escucho los singles de sus último discos porque, prácticamente, no queda más remedio ante la magnánima maquinaria promocional que precede cada uno de sus lanzamientos. Emoción de Goma Eva, será. Desde luego nada que ver con lo que supuso para mí escuchar esta canción, o mejor, ver el vídeo que la acompaña. Es del 89, del cuarto álbum, el primero serio, “Like a Prayer”.  Fue un single menor para ella, comercialmente hablando, aunque presumimos que a nivel personal cerró con él uno de los estigmas que lucía en el vídeo de “Like a Prayer”. Canción y videoclip hablan, abiertamente, de maltrato infantil (parece que Madonna tuvo una buena relación  con su padre de niña, no así de adolescente. Así que no debería ser un tema autobiográfico, exactamente). Toxicidad, en cualquier caso, barroca y muy dramática con un final que no invita a la esperanza. El trabajo visual fue obra del realizador Adam Sexton (Buscando a Susan desesperadamente) quien no dudó nunca en admitir la enorme influencia que tuvo la película Ciudadano Kane en este videoclip. Llorar, se llora viéndolo. Puertas gigantes por las que es imposible escapar, perlas ensangrentadas…

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Canciones que me hacen llorar: “Cut the World” de Antony and the Johnsons

Anohni. Ella es la culpable y la bandera de una rebeldía que quiere cortar el mundo. Antony fue su lado masculino, del que renegó por obra y gracia de sentirse libre, al fin. Inetiquetable. Hoy rescato de mis historias de las lágrimas esta canción tan concisa, tan rotunda, tan descarnada de la propia existencia; esa que quiere desobedecer lo establecido y a los/as que manejan sus hilos. “Cut The World” contiene fuego y acero, látigazos de voz, esa que muchos quieren emparentar con la de Nina Simone. Los vídeos son el carruaje perfecto para la huída. Rescatamos, del mismo modo, tres muestras de la poderosa fuerza musical y visual de esta canción. El videoclip oficial protagonizado por Willen Dafoe y Carice Von Houten (acá Melisandre) ya nos cortó el cuello. Lo mismo que la interpretación de la copla en el Teatro Real donde vemos todos los registros dramáticos de la voz de la cantante, todas las emociones que son capaces de disparar sus cuerdas vocales.

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Canciones que me hacen llorar: “Me odio cuando miento” de Fangoria

“Una temporada en el infierno” (Subterfuge Records) es EL DISCO de Fangoria. Publicado en el año mágico de 1999 para los que fuimos fan de aquella serie de televisión (Espacio 1999) de finales de los 70. El álbum más completo y desgarrador del dúo. El que nos hizo enamorarnos del concepto de Alaska y Canut. Alabado por critica y público como uno de los mejores trabajos de la historia de nuestra música ligera. Después vinieron otras canciones maravillosas, pero no un elepé tan completo. La elegancia hecha pop electrónico. Música moderna reivindicada y copiada hasta la saciedad. Su momento álgido, su “Deseo Carnal”,  en el que la lírica aún no empezaba a dar muestras de cansancio y repetición en el imaginario de Fangoria. Y este «Me odio cuando miento» es una buena muestra de ello. La letra…”nos despedimos despacio, para alargar el momento. Siendo prudentes, por no decir cobardes (…)” Una canción interpretada por un/a cobarde. Estaba claro. El orgullo voraz que engulle las relaciones para después escupirlas. Una canción para cobardes…sí. Una bestia negra para los que sentimos algo parecido en nuestra propia piel. Por eso, cuando Alaska-Spunky cantan aquello de: “Y ahora me arrepiento, de no haber sabido aprovechar el momento y siento haber oído mi voz diciendo que no importa nada,  que son cosas de la vida, que algún día lo olvidaríamos los dos…me odio cuando miento” uno no puede dejar de emocionarse ante tan apabullante máquina de lamentos, de esos engranajes creados para poner las cosas en su sitio. Una composición de Luis Prosper, mito viviente de la movida electrónica patria, quien comparte créditos con los protagonistas, no sé hasta qué punto éstos últimos tuvieron que ver en la autoría final. Sea como fuere, gracias señor Prosper por haber provocado tanto llanto con semejante obra maestra. Una producción de Carlos Jean, también en estado de gracia.

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Canciones que me hacen llorar: “Adagio para cuerdas” de Barber

Esta obra máxima del maestro Barber es tan brutal que está considerada la pieza musical más triste de la historia. Su mar de cuerdas, de notas flotantes, ha puesto B.S.O a muchas muertes. También a películas de corte de venas profundo. Desde la bélica poesía de Platoon a la mirada triste de Amelie, pasando por la máscara sucia de El hombre elefante o la delicadeza visual de Los Juncos Salvajes. Climax y tristeza. La subida justa para provocar una historia de lágrimas reparadoras. Porque llorar es saludable y expiatorio. Solo hay que saber el porqué de dicha tristeza para poder comulgar con ella sin que esta provoque más daño del necesario. Y el adagio es la música perfecta para expolear al que necesita sanar por dentro una herida para luego dejarla abierta con el fin de que el viento bueno venga y la seque. Fue escrita en 1936 y estrenada en el 38.

 

Ha tenido  adaptaciones miles, aunque para los que cumplimos la cincuentena se nos quedarán grabadas para siempre estas:

 Y sobre todo:

 

No olvides que la tristeza también se puede bailar…

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Hits que nunca lo fueron: “Raro” de Salvador Tóxico

Esta fue la primera canción que me llegó al corazón del proyecto de Javier Castellanos, Salvador Tóxico. Si bien fueron “Magnífico” y “Me voy a París”  las canciones estrella de ese primer EP del manchego, yo me quedé con esta pequeña pieza afinada hacia la melancolía, marca de la casa, y propensa a ser escuchada debajo de una manta porque es una canción de invierno. “Raro” también formó parte del primer largo del proyecto, “Animalismo” (Autoeditado, 2013) quedando relegada a un segundo plano en favor de otros singles como “Abisal”, “Animalismo”, “Magnífico” o “Me tengo que acostumbrar”. Este álbum daba para mucho pero con cinco singles ya era más que suficiente. “Raro” habla de amor, del amor que marca tanto que aunque se acabe se vuelve a él, una y otra vez, como al refugio en el que uno se siente protegido. El mundo interior de este artista cuya forma de tocar, entre la épica y la fragilidad, nos hizo descubrir a uno de los mejores músicos de este país con un talento innato para crear melodías y arreglos que nos retrotraen a otras épocas en las que la música que hacían los artistas  no se parecía tanto una a la otra. Él sabe como afinar su guitarra al oído de una pequeña, de momento, legión de fans.

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Canciones que me hacen llorar: “El waltz de los locos” de Nacho Cano

Una pieza única para el mejor Nacho Cano en solitario. Su disco de debut fue toda una declaración de intenciones. Quería convertirse en el nuevo Mike Oldfield o mejor aún; en el nuevo Michael Newman. Ay! Dalai…El intento fue bueno pero el resultado comercial no estuvo a la altura de las expectativas, normal teniendo en cuenta que era un disco instrumental y de factura bastante difícil. Aún así, “Un mundo separado por el mismo dios” nos dejó muchos momentos estelares para los que amábamos el concepto instrumental de Mecano. Una de esas piezas con más fundamento en ese sentido fue este single: “El vals de los locos”. Violines llorosos para un tema que describe el día a día de personas con discapacidad psíquica o mejor dicho: personas con diferentes capacidades. Una orquesta arropa una de las melodías más bonitas que conozco del pequeño Cano a la que no le hace falta letra porque la instrumentación ya lo dice todo. No hay que tenerle miedo al diferente. Nadie sobra en esta orquesta. Feliz Día de la Música.

El vídeo está dirigido por la propia Penélope Cruz.

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Canciones que me hacen llorar: “Only you” de Yazoo (versión 2017)

“Todo lo que necesitaba era el amor que me dabas. Todo lo que necesitaba…solo tú”. La canción, compuesta por el genio Vince Clarke, fue concebida en un principio para sus Depeche Mode—que no quisieron grabarla—como una especie de despedida. Mal. O Bien…Alison Moyet, su compañera en el efímero proyecto Yazzo, fue la encargada de dar vida a este poso de melancolía electrónica. Nadie la iba a cantar como ella y nadie lo ha vuelto a hacer. Ni Enrique Iglesias, ni la Minogue, ni Selena Gómez. Nadie. Fue todo un éxito, desde el minuto uno de su publicación allá por el año 1982. Un hit rotundo, incontestable. Una balada de lágrimas en la que se le canta al amor perdido, al que fue, al que se recuerda. Si la versión original ya es todo un puñetazo en el pecho, la versión de 2017 se clava entera en el cerebro a base de arropar la voz de Alison con una orquestación superlativa. Con algún cambio tonal incluido “Only You” es aún más poderosa, más dramática, más propensa a ser llorada. Un año antes, Moyet fue invitada a participar en un desfile de moda (no sabemos cual ni le hemos prestado atención a ese aspecto) pero quizá fue ahí donde se gestó esta versión que hoy nos ocupa.

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Suede y la deliciosa intensidad

Podría haber publicado esta canción en la sección: “Canciones que me hacen llorar”, pero no, es demasiado actual y necesita de su tiempo para saber hasta qué punto se merece ese reconocimiento de mi imaginario particular. “Los invisibles” es lo nuevo de Suede, de mis adorados Suede; de aquellos que sí que me hicicieron llorar de la rabia con aquel “Dog Man Star”. Desde principios de los 90 fueron la alternativa fundamental para los que echaban/mos de menos al Bowie más ambiguo y juguetón. Con la cara de Brett Anderson, por supuesto. Guitarras que aún se reconocen. Poses. Letras. Y esa voz entre el falsete, el gallo afilado y la profundidad de un crooner. “The invisibles”  es una orquesta de melancolía montada en un columpio que la balancea y la desperdiga por el mundo. Porque la canción habla de miserias varias. El videoclip es una preciosidad tan sencilla que abruma. No hacen falta grandes presupuestos para emocionar y aquí ese poder recae, al cien por cien, en la intepretación de una actriz que se sabe la canción al dedillo y que por lo tanto la siente. Una gran obra visual para una canción tan hermosa como triste. Un adelanto del otoño venidero que todavía arrastramos del año pasado…

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Canciones que me hacen llorar: “Faith” de The Cure

Tercer disco de la banda. Tercer nudo en la garganta. Cógeme si me caigo. El álbum es de 1981 aunque yo lo descubrí en el 87, cuando todo era negro y gris para mí. Si bien la oscuridad bailable de Depeche Mode, por aquel entonces en la cima de “Music for the Masses”, ya me tenía más que enganchado, fueron esas guitarras de ceniza las que me provocaron llantos desconsolados. Esa forma de tocar mirando al suelo. El negro de las ropas, el rojo de los labios y las uñas lacadas. Entonces lo entendía todo, la música me erizaba la piel a través de unos viejos cascos marca Sennheiser. Hoy me cuesta la vida misma volver a emocionarme así. No se hace ni mejor ni peor música, pero la edad—y su inocencia—tienen mucho que ver con el resultado final, el que te hace sentir la música de una manera u otra. La que tu hace subir y la que te entierra. En este caso, “Faith”—para mí una de las mejores composiciones de Robert Smith—tenía y tiene todos los ingredientes para ser de esas canciones que te clavan al suelo. Con un poso tan triste que no da respiro. Una intro largísima, pero necesaria, para dar paso al desgarrador documento en el que el bueno de Robert habla de espiritualidad, de fe y ¿devoción? De un ángel caído, derrotado por lágrimas de sangre. Tal y como está el panorama actual, de inquisición y mordaza, igual estos versos podrían haber provocado más de una quema de siniestros:

Viólame como un niño
Bautizado en sangre
Pintado como un santo desconocido
No queda nada salvo la esperanza

“Atrápame si me caigo
Estoy perdiendo el control
No puedo seguir de esta manera
Y cada vez que
Me aparto
Pierdo otro juego ciego
La idea de perfección me retiene
De repente veo que cambiaste
Y de repente
Todo esta igual
Pero la montaña nunca se mueve…”
“Tu voz está muerta y vieja
Y siempre vacía
Confía en mí los años que se acercan
Los momentos perfectos…”

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Canciones que me hacen llorar: “Come Undome” de Duran Duran

“No puedo creer que me estés rompiendo el corazón”

Terminar deshecho. Venirse abajo. No levantar el vuelo. Lo podéis traducir como queráis pero  el mensaje es claro. Conciso. Amar trae consigo una parte de derrota que nos deja sin energía. Y casi siempre es así. El camino recorrido va dejando huellas indelebles. Algunas pisadas profundas que no logran borrarse. Ni el polvo, ni la lluvia, ni la nieve consiguen hacer que olvides la parte negativa de una relación cuando ésta acaba. Pesan más las aristas—que cortan, que pinchan— que las piedras redondeadas y más transitables de la autovía del amor. Así, de esta manera he interpretado siempre esta canción de Duran Duran, perteneciente a su álbum de 1993, de título homónimo— conocido también como The Wedding Album—que les devolvió a los altares del éxito masivo gracias a esta pieza que nos ocupa. Impresionante y épico medio tiempo en el que Simón Le Bon se deja la garganta cantándole al desamor con la colaboración en los coros de Tessa Niles. 

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