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Canciones que me hacen llorar: ‘No surprises’ de Radiohead

Con un corazón que está tan lleno como un vertedero. Así de contundente arrancaba esta obra maestra del rock alternativo. ‘No surprises’ era, musicalmente hablando, la parte más amable del álbum ‘Ok Computer’ de Radiohead. Musicalmente hablando. La parte lírica era/es tan angustiosa como el videoclip que acompaña la pieza. Thom Yorke acaba de entrar en la cincuentena, así que somos de la misma quinta. Pues me parece muy bien y aunque intente buscar paralelismos entre ambos seres (él y yo) creo que pocos voy a encontrar lejos de una melancolía crónica marcada, en muchos casos, por sus canciones.

Es el caso. ‘No surprises’ es una canción hastío, casi protesta. Yo la entendí como un canto al hartazgo de la gente que no es escuchada por los que, se supone, deben velar por nosotros y nuestros intereses. La vejez, el cansancio y querer llevar una vida tranquila, sin sorpresas.

No he vuelto a sentir nada parecido con el resto de su extensa discografía, a excepción de ‘Let Down’ pero en otro sentido totalmente opuesto. A pesar de ser un tema dedicado a la decepción aquí Yorke quería tener unas alas para poder volar y escapar del mundo. Ahí coincidíamos…

Y si de rizar el rizo se trata…

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Canciones que me hacen llorar: “Miel en la nevera” de Tino Casal

“Hago sombras chinas con las manos…” Si hay una canción que mejor refleje la soledad del que vuelve a casa, hasta las trancas, para refugiarse en el vacío más absoluto de un corazón hecho trizas, por la ausencia de la amada, esa es la que nos ocupa hoy. “Miel en la nevera” cerraba el álbum “Hielo Rojo” (1984) del asturiano más universal. Cara B (error) del single “Teatro de la oscuridad”. Podríamos decir que es una balada al uso, incluso perfecta para cantantes melódicos de la época como Miguel Gallardo o Juan Pardo. Pero en el imaginario de Casal la cosa cambia radicalmente. Los arreglos, siempre un paso por delante de los del resto de discos de aquellos años, la atmósfera que Tino creaba con su voz; saliva ardiendo como lava de volcán en cada estrofa. Un “sin amor, prefiero estar sin un amor” que se clavaba justo en la parte más baja de la garganta. La canción es un himno a la soledad, como decíamos arriba. Angustiosa. Neón que parpadea mientras buscas en la nevera algo con lo que paliar la ansiedad, el hambre de una noche de excesos químicos y sensoriales. Él nunca estuvo solo, al menos físicamente, sin embargo pudo haber tormentas internas, como las que todos tenemos alguna vez, que él pudo exorcizar vía canciones como esta. Otros no tenemos esa suerte…

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Canciones que me hacen llorar: “Drive” de REM

La primera vez que escuché esta canción me quedé muy frío. Congelado. Tras el enorme éxito de ´Losing my Religión´; tras ese himno de rock—casi religioso—con tan desgarrada letra y arreglos de cielo, nadie podía imaginar que una canción tan dificil, estructuralmente hablando, se iba a convertir en la carta de presentación de su siguiente disco. Pues sí. ‘Drive’ nos hizo atravesar la carretera de ‘Automatic for the People’, a la postre su álbum más aclamado.

Conducir, manejar la propia vida. Subirte o bajarte en cualquier estación, en cualquier calle. Atreverse a vivir. Así entendí la letra de esta canción tan gris, tan cenicienta, tan América profunda. Resulta que a base de escuchas fui profundizando en la canción hasta tal punto que se ha convertido en mi favorita de toda la carrera de la banda. Será por esas cuerdas, será por el videoclip, será por la voz de Stipe que aquí se mete el otoño entero en la garganta.  Preciosa pieza para una estación recién iniciada, aunque no lo parezca.

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Canciones que me hacen llorar: “La Cena” de Esclarecidos

La melancolía perfecta mientras se prepara una cena entre amigos. Yo te quiero, pero tú no lo sabes. Secretos de estado emocional que se descubren sin demasiado zarandeo. Un amor que pasa, que se pierde entre cobardías varias, quizás. La voz de la Lliso es una de las más bonitas del mundo. Canta como hija de un dios menor, porque no tiene la potencia vocal de las grandes divas, gracias al cielo. Ella canta casi con angustia y tanto es así que parece que las palabras se le caen de los labios, doloridas. Y se estrellan contra el suelo. Esclarecidos fue (y será) una de esas bandas de culto que rebosan elegancia musical y una lírica al alcance de pocos. Es pura poesía y sus discos se cuentan por obras maestras. Pop, rock, folk, jazz…Esclarecidos. “La cena” pertenece a uno de sus elepés más completos, “Rojos” (GASA, 1991), ese que nos invitaba a arroparnos en el parador, en invierno, ese de la noche de hiedra y un tren azul cargado de emocionales personajes.

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Canciones que me hacen llorar: “Cena recalentada” de Golpes Bajos

Hoy en Canciones que me hacen llorar, una de adolescentes rebeldes, incomprendidos, sufridores de las cadenas paterno-materno-filiales que a los 15 años abrasan el cuello. Una de esas canciones que marcaban a toda una generación de jeans de la marca Lois con rodilleras, chupas vaqueras, con los cuellos vueltos hacia arriba, tabaco que se compraba “suelto”: por cigarros y no por paquetes, parques que eran bunkers para el amor joven y clandestino…”Para ti” de Paraíso, “Me voy de casa” de Mecano o esta “Cena Recalentada”, de unos vigueses en estado de gracia, podrían conformar la Santa Trinidad de la canción protesta juvenil de los primeros 80. Un single, que no fue, de su álbum “A Santa Compaña” de 1984. Más tarde sí que se le daría esa posibilidad como sencillo de aquel intento de retomar la magia en 1990 con el fallido elepé, “Vivo”.

Golpes_Bajos_A_Santa_Compaña

Parece que ahora también se recuperan, en la voz de Iván Ferreiro, parte de los éxitos del grupo de Germán Coppini. El 21 de septiembre ya se avanza la publicación de un álbum dedicado a Golpes Bajos bajo el título de esta canción que nos ocupa. Muy fino tiene que hilar su paisano si quiere acercarse, mínimamente, al clímax de la voz de Germán. Eso es algo imposible de conseguir. La voz de Coppini es una de las más características y personales de la historia de nuestra música. No solo las dotes vocales: la actitud, la presencia, el halo triste y desgarrado de su imagen, esa bellísima forma de interpretar las mejores letras del pop cantado en español…Acercarse ahí es harto complicado.

La canción me pilló en pleno descubrimiento. Aún estaba intentando saber el porqué de mi melancólica existencia granulosa y espigada. ¿Por qué estaba triste siempre? Más tarde lo averigüe y sonriendo, hoy, me caliento la cena fría feliz de haber sido testigo, en primera persona, de la publicación de estas maravillas.

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Canciones que me hacen llorar: “Cut the World” de Antony and the Johnsons

Anohni. Ella es la culpable y la bandera de una rebeldía que quiere cortar el mundo. Antony fue su lado masculino, del que renegó por obra y gracia de sentirse libre, al fin. Inetiquetable. Hoy rescato de mis historias de las lágrimas esta canción tan concisa, tan rotunda, tan descarnada de la propia existencia; esa que quiere desobedecer lo establecido y a los/as que manejan sus hilos. “Cut The World” contiene fuego y acero, látigazos de voz, esa que muchos quieren emparentar con la de Nina Simone. Los vídeos son el carruaje perfecto para la huída. Rescatamos, del mismo modo, tres muestras de la poderosa fuerza musical y visual de esta canción. El videoclip oficial protagonizado por Willen Dafoe y Carice Von Houten (acá Melisandre) ya nos cortó el cuello. Lo mismo que la interpretación de la copla en el Teatro Real donde vemos todos los registros dramáticos de la voz de la cantante, todas las emociones que son capaces de disparar sus cuerdas vocales.

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Canciones que me hacen llorar: “Adagio para cuerdas” de Barber

Esta obra máxima del maestro Barber es tan brutal que está considerada la pieza musical más triste de la historia. Su mar de cuerdas, de notas flotantes, ha puesto B.S.O a muchas muertes. También a películas de corte de venas profundo. Desde la bélica poesía de Platoon a la mirada triste de Amelie, pasando por la máscara sucia de El hombre elefante o la delicadeza visual de Los Juncos Salvajes. Climax y tristeza. La subida justa para provocar una historia de lágrimas reparadoras. Porque llorar es saludable y expiatorio. Solo hay que saber el porqué de dicha tristeza para poder comulgar con ella sin que esta provoque más daño del necesario. Y el adagio es la música perfecta para expolear al que necesita sanar por dentro una herida para luego dejarla abierta con el fin de que el viento bueno venga y la seque. Fue escrita en 1936 y estrenada en el 38.

 

Ha tenido  adaptaciones miles, aunque para los que cumplimos la cincuentena se nos quedarán grabadas para siempre estas:

 Y sobre todo:

 

No olvides que la tristeza también se puede bailar…

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Canciones que me hacen llorar: “El waltz de los locos” de Nacho Cano

Una pieza única para el mejor Nacho Cano en solitario. Su disco de debut fue toda una declaración de intenciones. Quería convertirse en el nuevo Mike Oldfield o mejor aún; en el nuevo Michael Newman. Ay! Dalai…El intento fue bueno pero el resultado comercial no estuvo a la altura de las expectativas, normal teniendo en cuenta que era un disco instrumental y de factura bastante difícil. Aún así, “Un mundo separado por el mismo dios” nos dejó muchos momentos estelares para los que amábamos el concepto instrumental de Mecano. Una de esas piezas con más fundamento en ese sentido fue este single: “El vals de los locos”. Violines llorosos para un tema que describe el día a día de personas con discapacidad psíquica o mejor dicho: personas con diferentes capacidades. Una orquesta arropa una de las melodías más bonitas que conozco del pequeño Cano a la que no le hace falta letra porque la instrumentación ya lo dice todo. No hay que tenerle miedo al diferente. Nadie sobra en esta orquesta. Feliz Día de la Música.

El vídeo está dirigido por la propia Penélope Cruz.

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Canciones que me hacen llorar: “Faith” de The Cure

Tercer disco de la banda. Tercer nudo en la garganta. Cógeme si me caigo. El álbum es de 1981 aunque yo lo descubrí en el 87, cuando todo era negro y gris para mí. Si bien la oscuridad bailable de Depeche Mode, por aquel entonces en la cima de “Music for the Masses”, ya me tenía más que enganchado, fueron esas guitarras de ceniza las que me provocaron llantos desconsolados. Esa forma de tocar mirando al suelo. El negro de las ropas, el rojo de los labios y las uñas lacadas. Entonces lo entendía todo, la música me erizaba la piel a través de unos viejos cascos marca Sennheiser. Hoy me cuesta la vida misma volver a emocionarme así. No se hace ni mejor ni peor música, pero la edad—y su inocencia—tienen mucho que ver con el resultado final, el que te hace sentir la música de una manera u otra. La que tu hace subir y la que te entierra. En este caso, “Faith”—para mí una de las mejores composiciones de Robert Smith—tenía y tiene todos los ingredientes para ser de esas canciones que te clavan al suelo. Con un poso tan triste que no da respiro. Una intro largísima, pero necesaria, para dar paso al desgarrador documento en el que el bueno de Robert habla de espiritualidad, de fe y ¿devoción? De un ángel caído, derrotado por lágrimas de sangre. Tal y como está el panorama actual, de inquisición y mordaza, igual estos versos podrían haber provocado más de una quema de siniestros:

Viólame como un niño
Bautizado en sangre
Pintado como un santo desconocido
No queda nada salvo la esperanza

“Atrápame si me caigo
Estoy perdiendo el control
No puedo seguir de esta manera
Y cada vez que
Me aparto
Pierdo otro juego ciego
La idea de perfección me retiene
De repente veo que cambiaste
Y de repente
Todo esta igual
Pero la montaña nunca se mueve…”
“Tu voz está muerta y vieja
Y siempre vacía
Confía en mí los años que se acercan
Los momentos perfectos…”

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Canciones que me hacen llorar: “Come Undome” de Duran Duran

“No puedo creer que me estés rompiendo el corazón”

Terminar deshecho. Venirse abajo. No levantar el vuelo. Lo podéis traducir como queráis pero  el mensaje es claro. Conciso. Amar trae consigo una parte de derrota que nos deja sin energía. Y casi siempre es así. El camino recorrido va dejando huellas indelebles. Algunas pisadas profundas que no logran borrarse. Ni el polvo, ni la lluvia, ni la nieve consiguen hacer que olvides la parte negativa de una relación cuando ésta acaba. Pesan más las aristas—que cortan, que pinchan— que las piedras redondeadas y más transitables de la autovía del amor. Así, de esta manera he interpretado siempre esta canción de Duran Duran, perteneciente a su álbum de 1993, de título homónimo— conocido también como The Wedding Album—que les devolvió a los altares del éxito masivo gracias a esta pieza que nos ocupa. Impresionante y épico medio tiempo en el que Simón Le Bon se deja la garganta cantándole al desamor con la colaboración en los coros de Tessa Niles. 

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